martes, mayo 02, 2006

Brasil: una historia de pactos entre elites

Por: Emir Sader,
En: Tiempos violentos; Neoliberalismo, globalizacion y desigualdad en America Latina. Comp. Boron, Atilio A.; Gambina, Julio; Minsburg, Naum. Coleccion CLACSO - EUDEBA, CLACSO, Consejo Latinoamericano de Ciencias Sociales, Ciudad de Buenos Aires, Argentina. Abril 1999. 109-119. ISBN Obra: 950-9231-43-6.

Al término del mandato presidencial para el cual fue electo en 1994, Fernando Enrique Cardoso se transforma en el segundo presidente civil brasileño que logra concluir su mandato en más de siete décadas. Ese déficit democrático contrasta con el acelerado crecimiento económico del país, especialmente el producido entre los año 1930 y 1950, que sitúa a la economía brasileña como la que más creció en el mundo en el siglo veinte. Inclusive los períodos de mayor crecimiento se produjeron durante dictaduras: la de Getulio Vargas entre 1930 y 1945, y la de los militares entre 1964 y 1985. Entre esos dos períodos hubo en el Brasil un presidente militar, un segundo mandato de Vargas que terminó con su suicidio en 1954, un presidente civil, Juscelino Kubitschek (1955-1960), que logró concluir su mandato, el efímero gobierno de Janio Quadros (1961) que renunció al cabo de seis meses, y el gobierno de Joao Goulart (1961-1964), derrocado por el golpe militar de 1964.
Terminada la dictadura militar, el presidente José Sarney fue electo por un Colegio Electoral organizado por el régimen dictatorial saliente, en 1985, como vicepresidente de Tancredo Neves, fallecido antes de tomar posesión. Fernando Collor, primer presidente electo por sufragio universal en casi cuarenta años en 1989, fue destituido por un juicio político (impeachment) bajo acusaciones de corrupción, completando su mandato el vicepresidente, Itamar Franco (1992-1994). A continuación fue electo presidente el hasta poco antes ministro de Economía, Fernando Henrique Cardoso, en 1994.
No resulta extraña esa evolución en un país que ha tenido una historia marcada no por rupturas y afirmaciones de identidades y antagonismos, sino por los pactos de elite. Mientras que los demás países del continente terminaron su período colonial mediante la expulsión de sus invasores, a través de guerras de independencia que dieron paso a la fundación de los respectivos estados nacionales, en Brasil ese proceso fue sustituido por un pacto de elite, en el que el rey de Portugal colocó la corona del nuevo estado brasileño en la cabeza de su propio hijo en 1822 “antes que algún aventurero se haga con ella”, haciendo que Brasil pasase de colonia a monarquía al alcanzar la independencia de este peculiar modo. Quedó instaurada una monarquía ligada a la metrópoli y se postergó la instauración de la república (1889) y la libertad de los esclavos (1888). El Brasil fue el país que más demoró en alcanzar esos logros en el continente.
El movimiento político más importante de la historia del país, la llamada “revolución de 1930”, dirigida por Getulio Vargas, protagonista de la ruptura de la hegemonía primario-exportadora y del inicio de la industrialización brasileña, fue definido por uno de sus conductores con la afirmación: “Hacemos la revolución, antes de que la haga el pueblo”. Al finalizar el régimen dictatorial de los años sesenta y setenta, la primera elección presidencial (1985) no se hizo por el voto universal porque la oposición no consiguió los dos tercios de votos necesarios en el Congreso. Fue un colegio Electoral el que se encargó de designar a los nuevos integrantes del Poder Ejecutivo, y en ese ámbito la victoria de la oposición sólo fue posible mediante la alianza con fuerzas identificadas con el régimen que terminaba. El nuevo régimen nacía así de un nuevo pacto de elite, hecho a imagen y semejanza del ilegítimo Colegio Electoral. Se restablecieron los derechos civiles pero sin realizar ninguna reforma de las estructuras económicas que sustentan el poder de las elites, tales como el monopolio del capital financiero, la propiedad de las tierras, los grandes medios de comunicación, los conglomerados industriales y comerciales. Fue un proceso del tipo que Gramsci denominó “transformismo”, en el que se altera la forma de dominación política sin que se modifique su contenido.


Del déficit social al déficit público

Llegados los años ochenta, existía un consenso de alcance nacional que presidió las transformaciones políticas de aquellos años, establecido acerca de que el núcleo de los problemas del país era el déficit social. Esto equivalía al reconocimiento de que el crecimiento económico conseguido por la dictadura no había sido acompañado por la distribución del ingreso. En ese clima funcionó la Asamblea Constituyente (1987-1988), la cual, luego de grandes movilizaciones de movimientos sociales a favor de sus reivindicaciones, terminó aprobando lo que su presidente, Ulysses Guimaraes, llamó la “Constitución ciudadana” en función de la amplia afirmación de derechos que la caracterizaba..
Ese movimiento se daba a contramano de la hegemonía neoliberal que se expandía en los otros países del continente y a escala mundial. Se inició al poco tiempo, todavía con José Sarney como presidente, una campaña en torno al tema de la ingobernabilidad, basada en la idea de que la nueva Constitución volvería imposible de ser dirigido al Estado brasileño debido a la cantidad excesiva de demandas que aprobaba. Esta posición tomaba fuerza frente a la crisis fiscal que ya se había desencadenado en el país, a partir de que la crisis de la deuda externa había hecho que ésta pasase a comandar las políticas económicas de varios gobiernos. Fernando Collor llegó a hacer un discurso televisivo en el que contaba el número de veces que la palabra ‘derecho’ aparecía en la nueva Carta, en comparación con la menor aparición del término ‘deber’.
El gobierno de Collor dio forma al primer proyecto neoliberal conscientemente articulado, tomando el déficit estatal como el nudo de los problemas a ser atacados si se pretendía que el país llegase a la modernidad. Fracasó (primero su plan económico de confiscación indiscriminada del ahorro de la población, y posteriormente el de su gobierno, con el juicio político votado por el Congreso por delitos morales) después de haber sido elegido como candidato outsider en las primeras elecciones presidenciales directas luego de la dictadura, con pequeña ventaja sobre el candidato de la izquierda, Luis Ignácio Lula da Silva, circunstancia que lo había presentado como el “angel salvador” de la burguesía brasileña. Su destitución volvía a profundizar la crisis hegemónica que se prolongaba desde el agotamiento político y económico del régimen militar.
La década del ochenta fue la primera de recesión para la economía brasileña desde los años treinta, impulsada por la deuda externa y por su consecuencia, la crisis fiscal. La indexación general de la economía encubría un proceso de hiper-inflación, en el que se defendían con más éxito e inclusive obtenían beneficios los sectores mejor posicionados en relación con los rendimientos del capital financiero, el cual ya comenzaba a tornarse hegemónico.
Tras intentar algunas alternativas erráticas, el vicepresidente de Collor, Itamar Franco, se decidió por el nombramiento como ministro de Economía del que hasta entonces lo era de Relaciones Exteriores, Fernando Henrique Cardoso. El nuevo ministro era sociólogo, se había formado en la principal universidad brasileña, Sao Paulo, y allí, después de un estudio sobre temas raciales brasileños, elaboró junto con su colega chileno Enzo Faletto una versión alternativa a la marxista de la teoría de la dependencia.1 Posteriormente, Cardoso formuló la llamada “teoría del autoritarismo” como tentativa de explicación de la dictadura militar brasileña, a partir de las tesis del español Juan Linz sobre la evolución del franquismo. Con esta teoría, Cardoso se transformó en el principal teórico de matriz conservadora de la transición democrática en Brasil, al hacer de la concentración del poder político y económico en las manos del Estado la razón central de la dictadura, absolviendo al capital privado nacional e internacional. Desembocaba así en una teoría liberal de la reconstrucción democrática.2

Cardoso había ingresado en las filas de la oposición institucional a la dictadura en los años ‘70, y más tarde se convirtió en senador por el estado de San Pablo, mandato que estaba concluyendo cuando fue ascendido al ministerio de Economía. Había estado entre aquellos dirigentes de su partido, la Social Democracia Brasileña, que se manifestaron favorables a la participación en el gobierno Collor un mes antes de su destitución por el Congreso en consideración de la identificación del partido socialdemócrata con el programa de modernización liberal del entonces presidente de la república. Quedaba clara entonces la reconversión ideológica de Cardoso, acompañando el viraje de las corrientes mayoritarias de la socialdemocracia internacional desde la regulación económica al neoliberalismo.


Un neoliberalismo tardío

Como en todas sus versiones latinoamericanas, el programa neoliberal brasileño tomó como centro el combate a la inflación y la estabilización monetaria. Su carácter neoliberal está dado por responsabilizar al Estado por el descontrol inflacionario y por las medidas de restricción del gasto público, privatización de las empresas estatales, apertura de la economía al exterior (supuestamente para abaratar los precios internos e incentivar la competitividad) y desregulación general de la economía. Estos eran los rasgos salientes del Plan Real de Cardoso, llamado así por la creación de una nueva moneda, el Real, con valor a la par del dólar.
Como todo plan de ese tipo alcanzó éxitos inmediatos en el combate a la inflación, mucho más por el ataque a la inercia inflacionaria que por la disminución del déficit público, al que se apuntaba inicialmente como la causa última de la inflación. Funcionó también perfectamente para elegir a Cardoso presidente de la república en la primera vuelta, revirtiendo la ventaja inicial de Lula, basada en un programa centrado en la justicia social y la moralidad política, ausentes de las políticas de estabilización monetaria. El éxito de Cardoso se dio también por la transferencia de ingresos producida en los dos primeros años del plan desde la mitad de la pirámide social para abajo sin afectar los beneficios de la cúpula. Los sectores de menor nivel de ingresos, que no tenían defensa contra el desgaste inflacionario, recuperaron poder adquisitivo, en tanto que los sectores medios, como resultado de la política de contención salarial, aumento del desempleo y descontrol de precios de los servicios personales, perdieron ingresos. El Plan constituyó así un nuevo pacto de elite, basado en que un problema –la inflación- era resuelto transfiriendo su carga a los sectores populares, sin que las elites pagasen el precio de un proceso inflacionario producido por el financiamiento público de la inversión privada.
El Plan de Cardoso se enfrentó mientras tanto a algunos obstáculos que comprometieron rápidamente su capacidad de reactivar el dinamismo de la economía brasileña. El primero fue la crisis mexicana, ocurrida pocos meses después del lanzamiento del Plan, coincidiendo con el comienzo del gobierno de Cardoso y haciendo que el proyecto neoliberal brasileño surgiese de forma tardía, cuando el período de mayor auge de los planes de ajuste fiscal ya se estaba agotando. El segundo fue la sobrevaluación de la moneda brasileña, que aceleró rápidamente los efectos negativos del Plan. Los déficits de balanza comercial y de pagos se volvieron más difíciles de corregir dentro de la lógica del Plan después de la crisis mexicana.
Pero el principal problema del Plan estaba en el mecanismo de estabilización monetaria, basado en la atracción de capitales externos mediante tasas de interés elevadísimas. Si bien permitió el ingreso de grandes cantidades de capitales, ese mecanismo consiguió atraer básicamente capitales especulativos o aquello que llegaban para comprar a precios desvalorizados empresas privatizadas por el gobierno sin aumentar significativamente el nivel de las inversiones productivas. El tamaño de las reservas, de las que el gobierno se enorgullecía (más de sesenta mil millones de dólares), da en realidad la dimensión de la desconfianza del gobierno en relación al capital que ingresa al país, dispuesto a retirarse, tal como los ciclos recientes de la crisis financiera actual lo demuestran- a la menor señal de inestabilidad.
Por otro lado, las tasas de interés altas representan un freno a cualquier recuperación del crecimiento económico, considerada siempre por las autoridades económicas como una amenaza a la estabilidad monetaria. Las dificultades para el acceso al crédito, tanto de las empresas como de los consumidores, se suman al efecto de la deuda pública, que se multiplicó por cinco desde el inicio de la ejecución del Plan de estabilización monetaria. Un equipo económico que sostenía que el Estado gastaba mucho y mal, y que se proponía sanear las finanzas públicas, provocó un proceso de endeudamiento estatal inédito en el país, que llega al 8% del Producto Bruto Interno. El propio gobierno, al fijar las tasas de interés para la atracción del capital externo, establece al mismo tiempo las tasas con que pagará las deudas. Tal es el mecanismo perverso de la modalidad de estabilidad monetaria escogida y puesta en práctica por el gobierno de Cardoso.


¿Tercera vía o nueva derecha?

En el momento de la destitución de Fernando Collor, un importante prócer de la elite brasileña afirmó que aquella era la última posibilidad de elegir a alguien de derecha como presidente de Brasil. Se abría la posibilidad de un triunfo de la izquierda, o de un nuevo triunfo de la derecha cooptando a alguien originario de la izquierda.
La particularidad de la experiencia neoliberal en Brasil no radica en la aplicación de ese programa por parte de una fuerza política que se reivindica como socialdemócrata. Esto se había dado ya con Mitterrand en Francia o con Felipe González en España, y algo semejante ocurrió con el PRI en México, con Menem en Argentina o con el Partido Socialista en Chile, entre otros. La peculiaridad es que Cardoso no derrotó a una fuerza de derecha, como en los casos de Francia, España, Inglaterra y Chile, sino que rearticula a la derecha unificando a todos sus sectores, y teniendo solamente a la izquierda como fuerza opositora. En las elecciones de 1994, por ejemplo, no hay otro candidato de derecha tradicional, porque todas las fuerzas conservadoras apoyaron a Cardoso, mientras que los candidatos alternativos fueron Lula por la izquierda y Ciro Gómez, un sucesor de Cardoso en el Ministerio de Economía que hoy se reivindica como la versión brasileña de la tercera vía.
Cardoso reunificó a la derecha brasileña y renovó su discurso, dándole un barniz de modernización liberal como cobertura para las viejas prácticas de privatización del Estado. Asumió además el papel de combate a la izquierda: a los partidos de izquierda, a los sindicatos, a los movimientos sociales, al Movimiento Sin Tierra. Adoptó el discurso de la ineluctabilidad de la globalización, cuyas consecuencias sería imposible evitar.
En la práctica desmontó gran parte de la capacidad de planeamiento del Estado brasileño, que fue responsable tanto de la integración del enorme territorio nacional como de la competitividad de la economía del país. A causa del deterioro de la balanza comercial, resultado de la sobrevaluación de la moneda brasileña y de la ausencia de políticas industriales, el Brasil volvió a tener sus exportaciones compuestas básicamente por bienes primarios, como el café y la soja, al mismo tiempo que dejó de ser un gran exportador de automóviles para, a partir de 1994, importar más autos que los que exporta.
En el plano social, después de afirmar que iba a “dar vuelta la página del varguismo en la historia brasileña”, lo hizo por el lado positivo de las conquistas del período de Getulio Vargas. La mayoría de los brasileños dejó de tener libreta de trabajo oficial, deambulando en la economía informal, como parte del mayor proceso de abrogación de derechos sociales que el país ha conocido.
Aunque incluido por Tony Blair en el grupo de los mandatarios autodenominados de “tercera vía”, Cardoso tiene dificultades para situarse en una posición de equidistancia entre dos fuerzas, dado que el cuadro político e ideológico brasileño está fuertemente polarizado entre derecha e izquierda. En caso de que Fernando Collor hubiese cumplido una función equivalente a la de Thatcher y Reagan en el Brasil, Cardoso podría aparecer como una especie de “tercera vía”. En cambio, el “trabajo sucio” del neoliberalismo apenas fue iniciado por Collor, y es ahora Cardoso el que personifica la desregulación de la economía, el desmonte del Estado regulador, el debilitamiento de las políticas sociales, la desarticulación de la industria nacional, la privatización de las empresas estatales, la apertura indiscriminada de la economía, la política de tasas de interés estratosféricas, la elevación del desempleo a niveles próximos al 20%, e índices de crecimiento aun menores que los de la “década perdida” de los ochenta.
Nafta, Mercosur, Alca

El Brasil dejó así de ser considerado una “potencia intermedia emergente”, como era clasificado en los años setenta junto con la India, Africa del Sur, Pakistán, México, Indonesia e Israel entre otros, para quedar reducido a un “mercado emergente”, una economía en relación a la cual todos buscan las facilidades para obtener superávits comerciales. El Brasil es el país con el cual EE.UU tiene el mayor superávit comercial, ocupando el extremo opuesto respecto de China y Japón, responsables de los mayores déficits norteamericanos.
En el plano internacional Brasil amoldó su política externa a la línea de Washington, abandonando los restos de su independencia externa. La adhesión reciente a la amenaza de los EE.UU de volver a bombardear a Irak, significó la sustitución de la tradicional posición autónoma del país en relación con los EEUU y Oriente Medio mediante el apoyo automático a las posiciones norteamericanas. Prueba de eso la constituye la adhesión brasileña a la posición de EEUU en cuanto a someter la reincorporación de Cuba a las instituciones continentales a reformas del sistema político cubano, manifestada por el canciller brasileño en la última reunión de la OEA en Venezuela.
Frente a la constitución de los tres mega-mercados mundiales, que excluyen al Hemisferio Sur, la organización del Mercosur por parte de Brasil, Argentina, Uruguay y Paraguay, representó inicialmente un simple mecanismo de defensa en el extremo sur del continente. Sus perspectivas no parecían muy favorables frente a la política de EEUU de integrar selectivamente a los países del continente al Nafta, comenzando por Chile.
La crisis mexicana, entretanto, cambió la situación, permitiendo al Mercosur ganar tiempo para consolidar su espacio y extenderse. Aún Chile, viendo que el Congreso norteamericano no concedería la “vía rápida” al presidente norteamericano para nuevos acuerdos comerciales, se integró al Mercosur. Algo semejante ocurrió con Bolivia, y posteriormente, en vista de los impasses del Pacto Andino, hubo acuerdos con Venezuela, Colombia, Ecuador y Perú, posibilitando la aparición de un espacio de integración de todo el sub-continente. Incluso fueron establecidos con los países del Mercado Común Centroamericano.
Anclados en ese fortalecimiento y expansión, los países del Mercosur, liderados por Brasil, pudieron resistir la ofensiva norteamericana de extensión del área de Libre Comercio de América (ALCA), nueva estrategia de los EEUU frente a la estagnación del NAFTA. La fecha de inicio del ALCA quedó postergada hasta el año 2005, ningún acuerdo será puesto en práctica sin que todos los demás estén listos, y los países del Mercosur actúan como bloque. Esas tres decisiones cruciales representan un revés para los EEUU.
Los límites del Mercosur están dados por las políticas económicas que se siguen en Brasil y Argentina. El argumento de que sus economías no estarían aún en condiciones de integrarse con los EE.UU. se choca con el hecho de que la competitividad de esos países empeora cada vez más como producto de las políticas económicas de sus gobiernos, que conducen al debilitamiento del poder de competitividad de sus economías, especialmente de sus productos industriales. De persistir esas políticas, la llegada del 2005 encontrará una distancia mucho mayor aún que la actual entre la economía más poderosa del planeta y las debilitadas economías de países como Brasil y Argentina.


¿Qué futuro para Brasil?

El período de distribución del ingreso quedó lejos en el tiempo para Brasil. Todo el esfuerzo del gobierno de Cardoso pasó a ser el de mantener la estabilidad monetaria a cualquier precio, a conciencia de que la legitimidad que posee proviene de ésta. La crisis iniciada en Asia llevó a que el gobierno brasileño doblase las tasas de interés, provocando las previsiones de crecimiento cero, esto es, de estancamiento, cuando el país ya ha exhibido con anterioridad los peores índices de crecimiento a pesar del potencial económico acumulado en décadas anteriores. Para el Brasil el horizonte se reduce hoy a dos posibilidades: conseguir administrar la estabilidad monetaria en el marco actual, condenando por lo tanto al país a un estancamiento prolongado, o ver una explosión de su modelo a partir de un ataque especulativo externo.
Desde el punto de vista político, el gobierno de Cardoso siguió todos los patrones de conducta de gobiernos similares: ejercido por medio de medidas provisorias (iniciativas del ejecutivo que no requieren aprobación del Congreso) a un promedio de 1.6 por día desde 1994, debilitando más aún al Congreso y al Poder Judicial. Batalló por la reforma constitucional que le posibilitase la reelección, e hizo una campaña presidencial basada en abultados recursos de los bancos, grandes contratistas y otras grandes empresas beneficiadas por su gobierno. Destinó 20 mil millones de dólares para la reestructuración de los bancos, ya favorecidos por su política económica, que consolidó la hegemonía del capital financiero en Brasil, al mismo tiempo que suprimió recursos del Estado para políticas sociales y pago de funcionarios. En su carácter de gobierno de la clase dominante brasileña dejó impunes las matanzas cometidas contra los pueblos indígenas de Amazonia, a causa de la complicidad de los gobernadores de los estados de la región con los latifundistas y la policía local.
La superación del neoliberalismo requiere un período de transición, con políticas que ya no pueden recomponer el cuadro político y económico anterior, sino que deben recuperar la capacidad de regulación estatal, esencial para el refortalecimiento de la democracia y el combate contra el indecoroso título de país con la mayor injusticia social del mundo, en el marco internacional. Esto se tiene que dar a través de una política de alianzas dirigida a los otros países del hemisferio sur, tendiente a su profundización en los planos social, tecnológico, cultural y político. Por otro lado, en lo interno, requiere una des-privatización del Estado, creando una verdadera esfera pública que avance en dirección a la socialización del poder.
El Brasil dio pasos en esa dirección en estos años, a contramano del neoliberalismo, por la fuerza del movimiento social e intelectual. Esos pasos se reflejaron en el Movimiento de los Sin Tierra y sus asentamientos, que organizan a casi un millón de personas en comunidades económicamente autosuficientes donde todos los niños van a la escuela y reina un clima de armonía y solidaridad.
Se proyecta también en la política del presupuesto participativo3, así como en la mejor creación de los medios de comunicación brasileños, la TV Cultura, TV pública de San Pablo que presenta las mejores programaciones culturales e infantiles además de informativos más profundos y pluralistas y los mejores programas de debate público de la televisión brasileña, con significativa audiencia.
Electo para un segundo mandato, Cardoso administrará, en el mejor de los casos, la estabilidad monetaria frente a las tormentas internacionales, los desequilibrios internos y la profundización aún mayor de las desigualdades sociales, provocadas por la política económica del gobierno. Su impulso inicial está agotado. De ese modo, la izquierda brasileña tendrá una nueva oportunidad histórica. Su derrota durante la dictadura militar ha quedado mucho más lejana en el tiempo que las ocurridas en Argentina y Chile, donde las consecuencias se hacen aún presentes con fuerza.
Cuando el entonces presidente norteamericano Richard Nixon decía que “para donde vaya Brasil, irá América Latina”, pensaba en otro plan. Sin embargo, dado el peso del país en el continente y dada la fuerza social y política que continúa teniendo la oposición de izquierda, el Brasil continuará siendo uno de los principales campos de enfrentamiento al neoliberalismo, pudiendo generar las mejores condiciones para el surgimiento de un gobierno pos-neoliberal.


El acuerdo Cardoso-FMI

La crisis económica internacional, iniciada a mediados del ‘97 en el sudeste asiático y extendida a la golbalidad del sistema a lo largo del ‘98, es una crisis cíclica típica del capitalismo. El hecho de que tenga en el capital financiero su eje es consecuencia de que ese capital se ha vuelto hegemónico como resultado de las políticas de desregulación económica llevadas a cabo por el neoliberalismo.
Brasil se ha vuelto uno de los epicentros de la crisis, junto con Rusia, debido a la particular fragilidad de su economía, como fruto de las políticas de los gobiernos de Collor y Cardoso. Después de haber logrado grados de competitividad relativamente altos para una país en la periferia del capitalismo, la economía brasileña fue sometida a un proceso de regresión acelerada por la rápida apertura de su economía, la desregulación y la hegemonía del capital financiero, y la sobrevalorización cambiaria, pilar de la política de estabilidad monetaria del gobierno de Cardoso.
Así, al contrario de países como China e India, que se mantienen mucho menos afectados por la crisis, Brasil ve agotarse su modelo económico, no sólo por la salida sistemática de capitales, que hizo que sus reservas se redujeran a la mitad en tres meses, sino especialmente porque los capitales especulativos ya no entran, aún con la tasa de interés real mas alta del mundo. Aun con la reelección de cardoso, con la manutención de una holgada mayoría en el Congreso y con el préstamo del FMI, Brasil sigue siendo el eslabón mas débil de la crisis hoy en día.
Con las reservas mermándose, con el déficit público, comercial y en la balanza de pagos muy altos y sin señales de que vayan a ser revertidos, Brasil ingresa a la más prolongada y profunda recesión que la generación actual ha conocido. Después de haber crecido a míseros 2% en la década bajó a cero en 1998, y el pronóstico es que tendrá índices negativos en 1999. Así, en el cierre del principal siglo de su historia, después que el país habia logrado niveles de crecimiento acelerados de 1930 a 1980 –con dictadura o con democracia, con distribución o con concentración de renta-, el país cierra melacólicamente el siglo XX, con los primeros años del próximo ya comprometidos.
El segundo mandato de Cardoso está absolutamente comprometido con la administración de la crisis. El gobierno accionó el piloto automático del acuerdo con el FMI, aún a sabiendas de que no podrá cumplir con las metas definidas. Los gobiernos provinciales ven empujadas hacia sí los costos políticos de la política recesiva. La industria cierra miles de puestos de trabajo, mientras que el desempleo se expande a ritmos aterradores. El país es invitado a durísimos esfuerzos, para que, en el mejor de los casos, la economía pueda recuperar sus niveles de fragilidad de ayer. El país no saldría más justo ni más democrático, y menos todavía más soberanos, sino todo lo contrario. A eso se invita a los brasileños, como forma de capear una crisis frente a la cual Brasil se ve fragilizado por las mismas políticas de su gobierno.
Mientras Corea del Sur, sometida a durísimos criterios del FMI, ya empieza a demostrar capacidad de reacción por la existencia de una industria nacional con competitividad externa y a costas de la superexplotación del trabajo, Brasil es uno de los países que más duramente va a pagar el precio de la crisis capitalista actual. En el caso de que el gobierno de Cardoso logre hacer cumplir los objetivos de su acuerdo con el FMI, los costos sociales y económicos serán gravísimos, sacando a Brasil de la lista de economías con capacidad de definir sus propios rumbos de forma mínimamente soberana. De la derrota del acuerdo entre Cardoso y el FMI depende que Brasil pueda salir de la crisis en condiciones de recomponer su economía, reequilibrar sus relaciones sociales y asumir un proyecto de desarrollo soberano. c
Notas

* El autor es profesor de Sociología de la Universidad de San Pablo y de la Universidad del Estado de Río de Janeiro, en Brasil.
Este artículo se publicó originalmente en Le Monde Diplomatique, en el mes de octubre de 1998. Fue traducido del portugués por Daniel Campione.
1. La versión marxista de esa teoría tuvo en André Gunder Frank- ver especialmente El desarrollo del sub-desarrollo, Máspero, 1987- su formulador inicial, y en el científico social brasileño Ruy Mauro Marini –ver en especial Dialéctica de la Dependencia, Era, México, 1974, sus principales exponentes.
2. Ver al respecto Sader, Emir, “Nosotros que amábamos tanto “El Capital” en El poder ¿Dónde está el poder?, Ed. Boitempo, Sao Paulo, Brasil, 1996.
Se refiere el autor al Movimiento Democrático Brasileño, único partido legal de oposición en el Brasil dictatorial, dentro de un sistema bipartidista construido desde el Estado, que fue progresivamente liberalizado mediante la inclusión de otros partidos al iniciarse el declive de la dictadura. A posteriori, ya en democracia, Cardoso participó con Mario Covas y otros dirigentes en la formación del PSDB, mencionado a renglón seguido por Sader (N. del T.).
Recuérdese aquí que el artículo de Emir Sader es anterior a enero de 1999, cuando se produce la devaluación del real (N. del T.).
3. Veáse el artículo de Bernard Cassen en Le Monde Diplomatique de agosto de 1998.