martes, octubre 17, 2006

Hacia la guerra contra Irán

La Vanguardia
WILLIAM R. POLK

IRÁN NO HA VIOLADO el TNP, aunque los expertos de los servicios de
inteligencia conjeturan que está decidido a conseguir el arma nuclear

Tras un análisis concienzudo de las últimas iniciativas y declaraciones
de la Administración Bush, he llegado a la conclusión de que existe al
menos un 10% de posibilidades de un ataque estadounidense contra Irán
antes de las elecciones al Congreso del próximo 7 de noviembre y
alrededor de un 90% de posibilidades de lo propio antes del término de
su actual mandato en el 2008. En este artículo y los siguientes
explicaré tal pronóstico, ilustraré las iniciativas en curso relativas a
los preparativos de la guerra, analizaré sus consecuencias y, por
último, abordaré las opciones que Estados Unidos ha de barajar si
pretende tener éxito en la cuestión de Irán. Daré comienzo, pues, con mi
pronóstico.

Doce años antes de aspirar a la presidencia, George W. Bush se esforzó
en recabar el concurso de diversas personalidades religiosas
fundamentalistas en la carrera presidencial de su padre. Cayó entonces
en la cuenta de que alrededor de uno de cada cinco estadounidenses era
la proporción de personas afines a este movimiento susceptibles de
engrosar un segmento electoral favorable. Fue también entonces cuando
George W. Bush atravesó la experiencia de un /renacimiento /que le
permitió dejar atrás lo que él mismo describió más tarde como los
/vapores del alcohol /que le habían atenazado durante toda su vida, de
forma que alcanzó una luz o fe en el sentido de que había recibido una
misión divina para combatir contra las fuerzas del mal y preparar la
senda de un nuevo orden mundial.

En aquel momento sólo pudo vislumbrar vagamente en qué consistía tal
misión, pero durante los años subsiguientes contó con la guía de algunos
/fieles /de su padre, incluidos Dick Cheney y Donald Rumsfeld, que le
introdujeron en un grupo ya existente que andando el tiempo se dio en
llamar grupo de los neoconservadores y que, de hecho, ya disponía de un
plan y de los objetivos correspondientes. El joven Bush abrazó ambos con
ilusión y, cuando resultó elegido presidente, nombró a Cheney, Rumsfeld
y a diversos neoconservadores para cargos clave de su Administración.
Este grupo había promovido, de manera consecuente con su mentalidad e
ideas, la acción militar contra ciertos regímenes de Oriente Medio
durante los últimos 17 años. Y en tal vía persisten.

En el mismo núcleo de su doctrina cabe detectar que los neoconservadores
adoptaron la noción de Leon Trotsky de la /revolución permanente
/adaptándola a su propia ideología radical bajo el manto de /guerra
permanente/...

Al igual que Trotsky (y luego Mao) habían alumbrado la idea de la
revolución permanente, los neoconservadores encontraron en lo que ahora
el Departamento de Defensa estadounidense llama la /guerra larga /el
instrumento ideal para combatir y aniquilar tanto a los enemigos y
elementos opositores extranjeros como a las voces críticas internas
susceptibles de ser tachadas de antipatrióticas. Su doctrina se ha
incorporado al documento /Estrategia de Seguridad Nacional de Estados
Unidos /del 6 de marzo del 2006. El presidente Bush resumió sus
imperativos el 16 de marzo del 2006 en estos términos: "Hemos decidido
afrontar los desafíos en este momento en lugar de aguardar a que
alcancen nuestro territorio. Aspiramos a remodelar el mundo, no
meramente a ser remodelados por él; aspiramos a influir en los
acontecimientos de manera beneficiosa y positiva en lugar de quedar a su
merced". Y, tras identificar a Irán como parte del /eje del
mal/,especificó que "de ningún país debemos esperar una amenaza tan
importante como de Irán", ya que - acusó- Irán amenaza a Israel,
apadrina el terrorismo, oprime a su pueblo y, sobre todo, se halla
empeñado en hacerse con armamento nuclear.

La acusación relativa al armamento nuclear es la más grave.

Irán (junto con Estados Unidos, Francia, Gran Bretaña y otros países)
firmó en 1968 el tratado de No Proliferación Nuclear (TNP). El tratado
obligaba a los signatarios que aún no poseían armas nucleares a contener
sus iniciativas en orden a su consecución, y a aquellos que ya las
poseían a hacer esfuerzos para desembarazarse de ellas. Ni Israel, ni
Pakistán ni India, ni Corea del Norte firmaron el tratado en tanto los
países nucleares consolidados han reconocido de hecho su violación del
tratado al conservar sus reservas de bombas nucleares, que, incluso, han
incrementado. No está claro lo que hace actualmente Irán. Partiendo de
lo que ahora se sabe, Irán no ha violado el tratado, aunque los expertos
de los servicios de inteligencia conjeturan que está decidido a hacerse
con armamento nuclear. El programa de su fabricación dio comienzo con la
ayuda técnica prestada por Estados Unidos al régimen del sha, luego se
suspendió y probablemente se reanudó más tarde. Los servicios de
inteligencia estadounidenses coinciden en estimar que Irán dista de
cinco a diez años de la consecución de armamento nuclear.

Los neoconservadores consideran asimismo que Irán constituye una amenaza
para Israel y citan como prueba de ello las declaraciones del presidente
Mahmud Ahmadineyad al respecto. Ahmadineyad negó necia e insensatamente
la realidad del holocausto y criticó ásperamente la política israelí con
respecto a los palestinos. Peor aún, calificó el sionismo de asunto
acabado y pronosticó que Israel declinaría y caería. No obstante, erró
al afirmar que Israel sería "borrado del mapa". Por más que él así lo
quisiera, su país no puede lograr que suceda: Israel posee las fuerzas
armadas más poderosas de Asia occidental, la segunda fuerza aérea en
importancia del planeta y unas reservas estimadas de cómo mínimo 400
armas nucleares, en tanto que Irán posee un gran ejército pero
inoperativo, una exigua fuerza aérea y carece de armamento nuclear.

Israel, además, actúa en estrecha cooperación con Estados Unidos,
mientras que Irán carece de aliados sólidos y eficaces. Es un Estado que
no representa una amenaza para nadie.

George W. Bush acusó a Irán de apadrinar el terrorismo. No obstante,
Irán ayudó a Estados Unidos a derribar el régimen talibán en Afganistán
y se ha mostrado congruentemente contrario a Al Qaeda. Es verdad que ha
proporcionado dinero y armas a Hezbollah y ha sido blanco a su vez de
ataques terroristas, de los que acusa a Estados Unidos.

Por último, y aunque el régimen fundamentalista iraní es un régimen
opresor, en ello no se distingue de otros que la Administración Bush
apoya calurosamente. Y, a diferencia de Arabia Saudí, Egipto y
Uzbekistán, su Gobierno constituye el producto - según el baremo de la
región- de unas elecciones razonablemente libres. De hecho, la mayoría
de los observadores cree que si se celebraran nuevas elecciones en este
momento, volvería a ser elegido de manera abrumadora. Por tanto, aunque
el presidente Bush tiene razón al decir que su Gobierno niega el derecho
de su pueblo a vivir como los estadounidenses estiman que debería poder
vivir, lo ha hecho con el consentimiento de sus gobernados.

¿Por qué, por tanto, pronostico un ataque estadounidense contra JAVIER
AGUILAR Irán? La respuesta se compone de los mismos ingredientes que
acabo de describir: la creencia de Bush de haber recibido una misión
divina que debe cumplir antes de que finalice su mandato presidencial -
y acaso antes de las próximas elecciones al Congreso- le enardece ante
la eventualidad de que pudiera verse en apuros su margen de maniobra; su
impresión de que sus propios servicios de inteligencia puedan estar
informándole erróneamente, en el sentido de que Irán en realidad esté a
punto de hacerse con el arma atómica, azuzando el terrorismo en Oriente
Medio, y signifique una amenaza contra la existencia de Israel; y, por
último, su convencimiento de que posee la autoridad necesaria para
actuar, otorgada por la ciudadanía estadounidense en dos convocatorias
electorales y comprobada con ocasión de la aprobación del Congreso de su
guerra contra Afganistán.

En mi próximo artículo abordaré sus iniciativas para poner en práctica
su política.

WILLIAM R. POLK, miembro del Consejo de Planificación Política del
Departamento de Estado en la presidencia de John F. Kennedy
Traducción: José María Puig de la Bellacasa