viernes, junio 10, 2005

Educar para el cuidado y la ternura

Efectivamente, la terapia de superaci�n de la m�stica masculina pasa, en primer lugar por moderar aquellos valores de dureza, dominio, represi�n y competitividad , realzando en cambio los de la cooperaci�n y responsabilidad social, y en socializar a los hombres (corresponsabilizarlos) en la pr�ctica del cuidado , empezando por sus propios hijos, porque la participaci�n de los padres en la crianza es un freno en el uso de la violencia, primero en ellos mismos, y despu�s en sus hijos. Se trata en definitiva de introducir la expresi�n del cari�o y la ternura en la vida de los hombres, de que no repriman la empat�a , para as� aumentar su responsabilidad sobre el coste humano y social de sus actos, tanto en la vida familiar como en la pol�tica. Terminar con la vinculaci�n entre masculinidad y violencia es, por tanto, una estrategia de paz.

No en vano, como ha se�alado el psicoanalista colombiano Luis Carlos Restrepo, "para extender la econom�a guerrera a la vida familiar, afectiva, escolar y productiva, Occidente ha favorecido la disociaci�n entre la cognici�n y la sensibilidad, sent�ndola como uno de sus axiomas filos�ficos" (Restrepo, 1997: 45). As� las cosas, la ternura pasar�a a ser un dique para que nuestra agresividad no se convierta en violencia destructora, un facilitador para "aceptar al diferente, para aprender de �l y respetar su car�cter singular sin querer dominarlo". Desde este prisma, la cultura de la violencia impide la expresi�n de la singularidad, porque es intolerante frente a la diferencia, por lo que Restrepo nos invita a que avancemos "hacia climas afectivos donde predomine la caricia social y donde la dependencia no est� condicionada a que el otro renuncie a su singularidad" (Restrepo, 1997: 137).

Resulta parad�jico que, a estas alturas, y a�n sabiendo los efectos perversos de la m�stica de la masculinidad, sea tan dif�cil introducir cambios en estos comportamientos. Esto es as� porque el comportamiento masculino sigue siendo la norma, y como tal no se cuestiona, y al ser la violencia tambi�n normativa, muchas veces tampoco se pide justificarla. La masculinidad excusa al hombre violento porque presenta su violencia como algo normal y natural, con lo que muchas veces deviene "la primera opci�n" a considerar. De ah� la importancia de educarlo en los valores de la acci�n no-violenta. Pero, citando de nuevo a Miedzian, "lo que hasta ahora se ha visto como el comportamiento normal de los hombres y, en consecuencia, el de toda la Humanidad, es el resultado de una m�stica de la masculinidad destructiva e hist�ricamente superada. Puesto que la conducta masculina es la norma, la guerra y la violencia no s�lo se aceptan como componentes centrales y normales de la experiencia humana sino que las convierte en eventos excitantes y heroicos" (miedzian, 1996: 48).

El empe�o en construir una cultura de paz pasa, entonces, por desacreditar todas aquellas conductas sociales que glorifican, idealizan o naturalizan el uso de la fuerza y la violencia , o que ensalzan el desprecio y el desinter�s por los dem�s, empezando por disminuir al m�ximo posible el desinter�s y el abandono de los m�s peque�os, con objeto de que estas criaturas puedan vivir experiencias de cari�o, respeto, implicaci�n, amor, perd�n y protecci�n, y despu�s, de mayores, puedan transmitir estas vivencias a otras personas con mayor facilidad.

Evidentemente, adem�s de socializar de otra forma a los hombres, este proyecto supone tambi�n garantizar el acceso de la mujer a la educaci�n y posibilitar su autonom�a econ�mica , ya que esta igualdad de oportunidades es un requisito previo para lograr los cambios de actitudes y mentalidades de los que depende una cultura de paz. Como se apunt� en la Conferencia de Pek�n sobre la Mujer, "las mujeres aportan a la causa de la paz entre los pueblos y las naciones experiencias, competencias y perspectivas diferentes. La funci�n que cumplen las mujeres de dar y sustentar la vida les ha proporcionado aptitudes e ideas esenciales para unas relaciones humanas pac�ficas y para el desarrollo social. Las mujeres se adhieren con menos facilidad que los hombres al mito de la eficacia de la violencia y pueden aportar una amplitud, una calidad y un equilibrio de visi�n nuevos con miras al esfuerzo com�n que supone pasar de una cultura de guerra a una cultura de paz"

UNESCO, 1995.�